Entre raíces, pieles, músicas y letras

Retrato de cabra blanca con mantón bordado flamenco y rosa roja, icono de La Paticabra.

¿Si tuvieras que elegir un solo lugar para nacer, cuál sería? ¿Sería un lugar físico? Piénsalo bien, pero no lo pienses tanto que te quedes sin nacer… o quizá sencillamente, al no elegir, elegiste el vacío, que también es otra opción.

El no elegir es otra de las múltiples opciones que tiene la vida y no tiene por qué ser bueno ni malo. Sencillamente es. Ser es una cuestión que no se viste de gala. Se es o no se es. Sencillamente.

Yo elegí ser. Sencillamente, ser yo misma. Busqué, me busqué tanto, que me perdí. Sí, me perdí, como Alicia. Me perdí en la exuberante Latinoamérica, me perdí en Granada, en Cádiz, en Sevilla, en Ubrique… En las pozas hondas del flamenco, del jazz, de la dialéctica profunda que no lleva a ningún lado, de la trampa absurda de los prejuicios, de los barrotes limitantes de la mente conceptual que hay que doblar para poder ser plenamente y con dignidad.

Solo quien ha vivido, como dice el poeta, entiende lo que quiero decir. Cuando abres tus brazos y sientes lo que tienes que sentir sin miedo a ser juzgada, porque no te importa lo que digan de ti, porque todo lo que digan será dicho… Vive, vive, vive y deja vivir. Deja que el río se asiente donde se tenga que asentar y tú, sé el río.

Así fui. Y todo lo que aprendí creí que no tenía sentido, que estaba cayendo en saco roto, que no estaba unido. Sin embargo, un buen día, todo eso funcionó como el limo que se deposita sin importarle nada en las orillas de ese gran río. Va acumulando sedimentos y sedimentos y sedimentos hasta que, de pronto, resulta que tienes una rica capa de tierra donde se pueden sembrar las mejores semillas que tenías guardadas. Todo. Tenía todo: las mejores semillas y la mejor tierra.

Sin darme cuenta tenía las mejores maestras, las mejores memorias, la tierra fértil, la semilla y el clima perfecto.

Un día, sin saber ya muy bien cómo, decidí que quería tener mis escritos en un solo lugar, toda mi creatividad reunida en un universo. Decidí que, además de manuscritos, fueran digitales. Y aquí está: el proyecto, la flor crecida de esa semilla.

Ese proyecto que al principio fue caótico, sin mucho rumbo, muy intuitivo (bueno, no sin sentido, porque sentido tienen todas las esencias en esta vida).

Mi vida siempre estuvo llena de proyectos artísticos y vitales. Soy una persona cuya mente funciona con diez ventanas creativas abiertas a la vez y no me estreso; algunas se ejecutan y otras no, y no pasa nada. La vida es así: las ideas vienen y se van.

Después de distintos proyectos frustrados, llegó una transformación grande y maravillosa que ocupó un espacio precioso en mi vida y me llenó el alma. Ahora sé que es algo hermoso, inabarcable, atemporal y que no cambiaría por nada: la maternidad. Y sí, ya sé que, aparentemente, no parece tener nada que ver; pero si no hubiese llegado ese punto, quizá tampoco estaría yo aquí ahora mismo escribiendo sobre La Paticabra.

Todo se mezcla en la música, la escritura, la filosofía, las relaciones, el mundo, una misma y las ganas de entender qué carajo es todo esto que sentimos y percibimos. Para ello me valgo de todo, de todo… No hay nada que me sobre, ni siquiera un plato de arroz con leche, jajaja.

Recuerdo ahora esa letra de flamenco que dice: «Tienes los dientes que parecen granitos de arroz con leche…». Se me viene la imagen de mi mare (azí en andalú, como a mí me guhta hablá, cómo lo ziento, porque zoy ceceante y andaluza, a musha honra). Dice un dicho que quien a su gente se parece, honra se merece. Pues ya está. De la tradición, lo justo para que te dé alas para volar; si te encorseta como a Bernarda Alba, entonces estamos perdidos. A lo que íbamos, que pierdo el hilo por las bifurcaciones del pensamiento (Borges).

A mí, en ese limo del que hablé, me dejaron mi mama y las vecinas que ayudaron a criarme: María Luisa, sobre todo mi querida María Luisa, Carmela, Ana La China y tantas otras. Me dieron la gracia de la memoria popular, los cantos, la dicha del acompañamiento y la risa. Me dieron la forja y el jazmín. Las cálidas noches de verano aprendiendo a decir: «Buenas noches, hasta mañana si Dios quiere».

Me regalaron las palmas y los sueños posibles e imposibles. Me dieron el cariño que no tiene precio. Y todo, todo confluyó en este proyecto de formación poética que te pongo sobre las piernas en un día lluvioso o soleado, con viento o con una leve brisa… Tú pones lo que falta; yo te regalo mis palabras.

Después de tantas aventuras, de tanta gente alrededor, de tantas lecturas, viajes, cansancios, proyectos de música, de teatro, de escritos… llegamos a la cima. Para mí es una cima, y si quieres entrar en esta narración, tienes que ver la cima y, sobre ella, a La Paticabra. Mira el horizonte: el cielo y las montañas casi se topan sobre su cabeza… La cabra tira pa’l monte, decimos en Andalucía. Y yo, como buena cabra, solo puedo hacer eso: tirá pa’l monte.

¿Te vienes conmigo a mirar el universo? Te prometo que, después del viaje, no volverás igual…

Te espero sobre la cima.

La Paticabra.

Patricia Caballero Fernández.